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29 de julio de 2017

QUERIDA, AGRANDÉ AL GATETE

Cosas locas que me pasan en este blog, del cual ya he aclarado que contiene mucha ficción. Desperté en la mañana, me levanté de la cama, fui al baño, me vestí... y de pronto una figura enorme, negra, peluda y muy suavecita se lanzó sobre mí, derribándome.


¿Qué rayos...? ¡Era mi nuevo gato Osito, pero diez veces más grande de lo normal! Tal cosa sólo podía tener una explicación.

—¡Cuernito! —exclamé—. ¿Qué has hecho con mi gato, precioso unicornio mío? ¡Ven acá y arréglalo!

Cuernito no acudió al llamado. Lo busqué por toda mi casa sin éxito... hasta que finalmente tropecé con él. Había estado todo el tiempo sobre la alfombra de mi dormitorio, invisible a causa de su pelaje camaleónico.

Cuernito me miró con sus adorables ojos, los cuales estaban algo vidriosos (como diamantes resplandecientes). Entonces... mi unicornio estornudó (largando gotitas de agua que parecían perlas llenas de luz de colores, porque mi unicornio no es capaz de hacer nada que no sea absolutamente adorable).

—Ay, pobrecillo, ¡estás resfriado!

Cuernito volvió a estornudar, y una de mis pantuflas que estaba junto a él se convirtió en un zapatito de rubí. Recién ahí me di cuenta de que muchas cosas en mi casa habían cambiado de una forma u otra, ¿a causa de estornudos previos? Sí, eso era lo más probable.

OK, Cuernito bonito, puedo dejarte pasar que mis libros sean ahora exquisitas figuras de Lladró y que la bañera parezca una fuente italiana de mármol con querubines y todo eso, pero ¿podrías arreglar al gato? Es que ya era mucho gato con sus seis kilos y medio, no sé cómo lo voy a manejar ahora.

Le eché una mirada de reojo a Osito, quien vació la comida en su plato de un solo lengüetazo y me miró con cara de "todavía tengo hambre, aliméntame". Tal cosa no me habría preocupado con un gato normal, pero siendo ahora del tamaño de una pantera, mucho me temí que empezara a preguntarse a qué sabría yo. Sobre todo porque más de una vez me ha mordido.

Cuernito se puso de pie, tambaleándose un poco. Su cuerno emitió algunas chispas mágicas, pero en lugar de arreglar a Osito, mi unicornio volvió a estornudar... y Osito se transformó en un leopardo de las nieves. Otro estornudo lo convirtió en un león, y el siguiente en un tigre dientes de sable con unos colmillos espeluznantes.

—¡No, no, mejor un gato gigante, mejor un gato gigante! —grité, y de alguna manera Cuernito logró obedecer mi orden. Luego se desplomó graciosamente, como una bailarina de ballet interpretando la muerte de Odette en El lago de los cisnes.

Era evidente que Cuernito no podría devolver a Osito a su tamaño normal mientras siguiera resfriado, de modo que envolví a mi unicornio en una manta bien suave, puse a su lado un cuenco con jugo de naranja y le di un besito terapéutico.

—¿Y ahora que hago contigo, Osito, aparte de calmar tu hambre antes de que me devores?

Osito maulló. Muy fuerte. Llamé al supermercado y encargué varios kilos de comida para gato, los cuales, por supuesto, me costaron una fortuna (Cuernito tendrá compensarme por eso más tarde, tal vez con dos metros de papel higiénico transformados en billetes).

Mi gatazo tremenda bestia felina devoró la comida y luego me miró con cara de "ya no tengo hambre... ¡pero ahora quiero jugar!", lo cual me puso en un nuevo aprieto. ¡Es que Osito ya es bastante bruto para el juego en su tamaño normal, imagínense con 65 kilos de peso!

Decidí sacarlo a pasear. Obviamente tuve que comprar una correa como para perro San Bernardo, y al mismo tiempo llamé a mi dragón para que ayudara. Donald quedó bastante sorprendido, por cierto, pero aprovechó para darse el gusto de acariciar a Osito sin temor a aplastarlo :-)

El paseo fue divertido. Al principio. O sea, Osito espantó a todos los perros del vecindario, incluso a aquellos con la mala tendencia de molestar a los gatos ajenos. ¡Dulce venganza! Por desgracia, al rato pasamos por un parque donde había niñitas jugando con cintas de gimnasia rítmica... y Osito se zafó para ir a perseguirlas. A las cintas, no a las niñas, pero las pobres chicas asumieron que Osito pretendía comérselas, y escaparon gritando de miedo. En fin. Donald recogió las cintas y jugó con Osito hasta que dichas cintas terminaron hechas jirones.

Osito no se había cansado en absoluto. Se entiende, es un gato joven con mucha energía. Donald lo levantó en vilo (cosa que no gustó mucho al gatete) y se lo llevó volando a alguna parte. Volvieron a las dos horas, Osito con la panza más llena... y Donald cargando bajo el brazo un ovillo de lana del tamaño de una pelota de fútbol. Ay, ay, ay. Espero que le hayan pagado al dueño de la oveja por cazar a su animal :-P

Los problemas no acabaron ahí. Después de jugar, mi gato siempre quiere acurrucarse en mi regazo para que lo mime... pero si mi regazo no suele ser suficiente para Osito en su tamaño normal, mucho menos lo era para 65 kilos de minino. Después de muchas vueltas y pisotones, YO me terminé recostando sobre la panza de Osito, y la verdad es que me resultó muy cómodo, como un sofá peludo y caliente :-D

A eso de la medianoche, mi pobre Cuernito ya estaba mucho mejor de su resfriado (otra ventaja de ser un unicornio, supongo); le pedí entonces que volviera a intentar la transformación, y tras un par de errores poco importantes (Osito se convirtió brevemente en un yaguarundí y un serval), por fin mi gato volvió a ser mi gato.

—Gracias, Cuernito —dije—. Ahora, por favor, vete a arreglar la bañera. Que la fuente de mármol está muy bonita, pero ahora mismo necesito una ducha caliente. El zapatito de rubí puedes dejarlo como está, sin embargo. Y hazme otro, para que en la próxima Noche de Brujas pueda disfrazarme de Dorothy.

Me alegra que todo haya vuelto a la normalidad. Y el próximo invierno... le pondré un suéter a mi unicornio para que no se resfríe :-P

G. E.

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2 comentarios:

  1. ¡Hola!
    Me gustó mucho esta entrada, fue muy original y entretenida. Me encantó tu escritura :3
    ¡Un beso!

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    Respuestas
    1. ¡Pues a mí me alegra mucho que te haya gustado! Gracias y besos :-)

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Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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