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31 de diciembre de 2012

¡FIESTA DE NOCHEVIEJA!

Al igual que para la Oktoberfest o el Halloween, tener un dragón hace mucho más divertidas las festividades :-)

Este fin de año, mi Donaldito y yo decidimos festejar por todo lo alto... literalmente. Es decir, nos fuimos a volar. Era algo arriesgado, claro, empezando porque era de noche y en la oscuridad se corre el riesgo de chocar contra algún murciélago distraído. Pero daba igual. Pasamos por encima de todas las casas, yo gritando "¡feliz Año Nuevo!" y mi dragón rugiendo el equivalente de esas palabras. (Aclaro, por si no lo he mencionado antes: MI DRAGÓN NO HABLA, sino que se comunica por gestos. Como máximo, todavía sabe graznar.)

A las doce empezaron los fuegos artificiales. Eso ya fue un problema, porque Donald es a prueba de fuego pero yo no, y en cierto momento noté un ligero olor a quemado. ¡Se me estaba chamuscando el pelo! Por suerte, Donald reaccionó rápidamente y me sumergió en el agua de la playa para apagar el incipiente incendio (vamos, que con mi abundante cabellera, aquello hubiera sido un desastre de proporciones épicas). Me tragué un pez. Bueno, ESPERO que fuera un pez, porque las aguas del Río de la Plata están bastante contaminadas por la basura que tira la gente. Los montevideanos son bastante puercos...

Pero mi dragón tenía algo que añadir a la pirotecnia, y escribió una felicitación en pleno firmamento. Luego dio la vuelta para hacer algunas correcciones, cuando le dije que "nuevo" va con V, no con B, y "feliz" va con Z, no con S. (No lo puedo culpar por las faltas de ortografía, sin embargo. Si no sabe hablar, tampoco domina demasiado bien el lenguaje escrito.)


Como sea, ¡mi Donaldito y yo les deseamos a todos un feliz y próspero 2013! :-)

G. E.

PD: Esto no acaba aquí, sino que continúa en la entrada del 1 de enero...

25 de diciembre de 2012

LA GRINCH... ACALORADA

¿Recuerdan mi historia de Navidad del año pasado? ¡Pues nada de Gissel Mamá Noel cariñosa esta vez! Y no es porque tuviera ganas de arruinarles la fiesta a los demás; es que este año simplemente me ganó el rechazo hacia el consumismo desenfrenado, antiecológico y sin sentido de la dichosa Navidad. Caramba, si más que la paz y el amor, lo que la gente celebra son las comilonas, los regalos y la llegada de Papá Noel (puestos en ello, el Papá Noel moderno es un invento de la Coca-Cola, bebida perjudicial y antiecológica por donde se la mire *).

Por todo lo anterior... ¡decidí sabotear la Navidad de tipo consumista! Mi intención era subirme a mi dragón en Nochebuena, arruinar todos los fuegos artificiales de mi ciudad (vamos, que eso de tirar fuegos artificiales en Nochebuena es una soberana estupidez, y encima las pobres mascotas se aterrorizan), robarme todos los regalos antiecológicos, proclamar un regreso a los buenos valores morales, cambiar la comida chatarra por frutas y verduras, y promover de nuevo la adquisición de libros en lugar de frivolidades.

Sin embargo... hubo un pequeño inconveniente. Este 24 de diciembre fue el día más podridamente caluroso del año, con una ola de calor que en Argentina dio una sensación térmica de hasta 50 grados Celsius. En Montevideo, la ciudad quedó convertida en un sauna. ¡Y ya he dicho que detesto el calor!

¿Cómo iba a ponerme un traje de Grinch con semejantes temperaturas? ¡Si la cosa más bien estaba para andar desnudos! ¡O con cubitos de hielo metidos debajo de la ropa! Decidí entonces que mejor me pintaría de verde, aun a riesgo de que me confundieran con la Bruja Mala del Oeste, Linterna Verde, Flecha Verde, el Duende Verde o el pato-planta mutante de la serie El Pato Darkwing.

Pero no hubo caso, igual me ganó el calor. Y a Donald. Para ser un dragón que escupe fuego, el pobre tampoco pudo con las altas temperaturas. ¡Y ni hablemos de mi gato, ya que estamos! Se despatarró una y otra vez por toda la casa, buscando algún lugar medianamente fresco. Yo me la había pasado tomando agua desde la mañana, pero creo que hice pipí una sola vez en todo el día. (Lo sé, es demasiada información, pero estoy aprovechando la ocasión para hacer hincapié en lo importante que es cuidar la hidratación durante una ola fuerte de calor.)

En fin, mi plan se vino abajo porque Donald no logró despegar del suelo. Nos desplomamos los dos en la pista del aeropuerto, jadeando. Mi pintura verde acabó por formar un charco en el suelo. Si hubiera tenido implantes de silicona, también se habrían derretido (menos mal que estoy en contra de exagerar artificialmente los atributos femeninos).


Oh, bueno, la próxima vez será. Prepárense...

Feliz Navidad... ¡y buen aire acondicionado!

G. E.

* Oh, parece que la relación entre la vestimenta de Papá Noel y la Coca-Cola es una leyenda urbana, por eso taché la frase arriba. ¡Pero eso no hace que la Coca-Cola deje de ser una bebida perjudicial y antiecológica!

18 de diciembre de 2012

¡MI CUERPO NO ES MÍO!

¿Recuerdan mi entrada sobre las hormonas dominantes? ¡Pues parece que no debería preocuparme sólo por ellas en la lucha por controlar mi propio organismo! Leí más artículos científicos y pesqué los siguientes datos igualmente estremecedores:

1) ¡Las tripas de un ser humano tienen más neuronas que su cerebro!

2) ¡¡Un humano puede llegar a tener más bacterias que células propias!!

Bueno, lo primero explica muchas cosas. Por ejemplo, por qué nuestro sistema digestivo parece mandar sobre nuestra voluntad. ¡El muy maldito piensa por sí solo! Y se ve que adora la comida chatarra, además, porque cuando estoy determinada a comer zanahorias, legumbres, frutas y carnes magras, mis tripas parecen exigir a gritos patatas fritas con salchichas y una enorme porción de pastel de chocolate >:-/ ¡Qué tripas saboteadoras de una dieta saludable!

Y si a eso le sumamos la cantidad de microbios que seguramente viven ahí, ¡seguro que las neuronas de mis tripas se han puesto de acuerdo con las bacterias en una relación simbiótica, dejándome al margen de cualquier decisión alimenticia importante!

¡¡Resulta que en realidad mi cuerpo no es mío sino un sistema de soporte para los microbios, y mis tripas son más inteligentes que yo!! ¡¡Demonios!!

Neuronas de las tripas: ¡NOSOTRAS somos el verdadero cerebrito!
Bacterias: ¡Ja ja, vivimos en ti y no pagamos alquiler!

¡¡Nooo!! Pero ¿saben qué? ¡Me da igual que los microbios y las neuronas de las tripas me superen en número! ¡No les permitiré controlarme! Al diablo la democracia; ¡DESDE AHORA, MI CUERPO ES UNA DICTADURA Y LA QUE MANDA SOY YO!

¡Me voy a comer una zanahoria!

G. E.

12 de diciembre de 2012

MI JUGUETE MÁS GRANDE

(Nota: no encontrarán en este artículo ninguna referencia a juguetes sexuales, ¡que éste es un blog más o menos apto para todo público, demonios!)

Si mi padre hubiera sido médico, seguramente me habría dejado jugar con su estetoscopio. Pero mi padre no era médico, sino conductor de autobús. Eso significa que en mi casa nunca sobraba el dinero, pero, para compensar, yo tenía una tremenda ventaja sobre los demás niños de mi barrio: ¡podía jugar con un autobús de verdad!

Era un autobús de la cooperativa COETC, con el número 61. Y yo lo adoraba. Para una niña imaginativa y activa como yo, aquel autobús era una fuente interminable de diversión.

Para empezar, ¡es que era un autobús! No necesitaba convertirlo en otra cosa (por ejemplo, una nave espacial) para que fuera grandioso. Podía sentarme en el asiento del conductor, abrir y cerrar las puertas y divertirme con mis amigas toda la tarde de esa forma.

También podíamos jugar a escondernos en los asientos. O colgarnos de las barras de acero del techo, como monos. De verdad, que era un juguete genial. Encima, cuando mi padre tenía que sacar al autobús para "ablandar" el motor, de pronto teníamos una linda excursión familiar por delante, a veces con un montón de amigos. En esas ocasiones, yo me sentaba en el asiento del cobrador, y me ponía a tocar la campanita (esa que estaba para avisar al conductor de abrir y cerrar las puertas) hasta volver locos a todos los pasajeros :-D


Ese autobús era mi juguete favorito después de mis ponis de plástico y la pista de autos electrónicos. ¿Quién necesitaba un estúpido estetoscopio? (Bueno, en realidad tengo uno ahora mismo, para las cuestiones veterinarias. Sigue sin ser tan interesante como el autobús.)

No me puedo quejar de mi infancia :-)

G. E.

6 de diciembre de 2012

¡CONDENADAS HORMONAS!

En la revista argentina Muy interesante del mes pasado salió un artículo sobre las hormonas. ¡Y me dejó muy descorazonada! Al parecer, resulta que esas molestas sustancias, que apenas aparecen en picogramos en la sangre, ¡son las responsables de casi todas mis decisiones y de un montón de cosas que hace mi cuerpo sin mi permiso!

¡Y yo que me consideraba una persona racional! Pero no, ahora resulta que si me pongo a mirar a un tipo guapo, es porque los estrógenos están interfiriendo con mis funciones cerebrales. Cuando estoy escribiendo, el disfrute está a cargo de la dopamina, y las hormonas de la digestión deciden por su cuenta que los nutrientes vayan a mi trasero y no a mis músculos o mis neuronas, donde yo los necesito. ¡Grrrr!


¿Pues saben qué? ¡Me rehúso a seguirles la corriente a las hormonas, excepto en lo que sea absolutamente inevitable! (Ya quisiera haber regulado mi hormona del crecimiento y medir unos 10 cm más, para no tener que recortar todos mis pantalones.) Entérense, hormonas: mis hábitos reproductivos los controlaré YO; comeré lo que YO crea saludable y dejaré de comer cuando YO lo decida, y no dejaré que tú, estúpida dopamina, me vuelvas adicta a lo que te dé la gana. Capisce?

¡Y si alguna vez asesino a alguien, será porque se lo merece, no por un arranque de ira ocasionado por la adrenalina! Ah, no, espérense. Creo que ahí sí me convendría culpar a las hormonas :-P (Suele ser muy útil en los tribunales.)

Me voy a jugar a Angry Birds, digooooo... a hacer ejercicio.

G. E.

Artículo relacionado: ¡MI CUERPO NO ES MÍO!


Fragmento de LOBO DE LUNA

El joven nanok siguió el sonido del agua, pero entonces olió algo más que lo distrajo. ¿Qué era eso? No lo reconoció en absoluto.

A pesar de su curiosidad, Urkin fue precavido: avanzó hacia la fuente del olor moviéndose de árbol en árbol, aprovechando que su pelaje era marrón como la corteza. De su cinturón extrajo un cuchillo de piedra, por las dudas; en Kum, cualquier novedad podía ser agradable... o mortal.

Poco a poco se aproximó a un árbol más grueso que los demás, donde oyó el tenue flujo de una respiración. El olor pertenecía a un ser viviente.

Urkin rodeó el árbol, y en un hueco vio una mancha plateada y pequeña. Y asustada. El nanok lo supo por la forma en que la criatura estaba doblada sobre sí misma, como si tratara de contraerse hasta desaparecer.

Sin soltar el cuchillo, Urkin se acercó un poco más, y entonces la criatura levantó la cabeza. Urkin contuvo la respiración.

Era un cachorro de lobo. Pero no un lobo cualquiera sino un ekté, un lobo de luna. Urkin jamás había visto uno, pero sí algunos miembros de su clan, en noches de Aima llena. Así sabía que los ektén eran plateados y que tenían a Aima en los ojos.

¿Qué hacía el lobezno en el hueco del árbol? Los cachorros nunca andaban solos, ni siquiera los de esa especie.

—¿Te has perdido? —preguntó Urkin, y el animal se encogió sobre sí mismo, gimiendo. Era muy hermoso. Urkin guardó el cuchillo y extendió una mano en un gesto de amistad.

El lobezno se apretó contra el fondo del hueco. No parecía dispuesto a salir por las buenas, y Urkin no iba a forzarlo. El nanok se alejó del árbol y tomó asiento sobre una roca, decidido a esperar el tiempo que fuera necesario.

Había huellas más grandes que las del cachorro en el suelo, y también eran lobunas. ¿Su madre o padre? ¿Qué había pasado ahí exactamente? Si los ektén eran como los lobos de Kum, no abandonarían a un miembro de su jauría, mucho menos al otro lado de la luz azul.

—Me quedaré aquí hasta que alguien venga a buscarte —dijo Urkin al lobezno—. Y si nadie viene... tendré que llevarte conmigo. No puedo dejarte solo, morirías. ¿Entiendes algo de lo que estoy diciendo? Supongo que no. Espero que comprendas mi tono de voz, al menos.

El lobezno se limitó a mirarlo sin parpadear. Al cabo de un rato pareció estar un poco más calmado, y sus ojos se desviaron hacia el río. Urkin dedujo que debía de tener sed.

—Enseguida vuelvo.

El nanok fue hasta la orilla, arrancó una hoja grande y usó la misma como cuenco para recoger el agua. Urkin la olió primero, y sí, estaba buena. Regresó junto al árbol sosteniendo la hoja con ambas manos.

—Aquí tienes, lobo de luna —dijo el nanok, depositando la hoja frente al cachorro antes de volver a la roca.

El lobezno no bebió de inmediato, sino que palmo a palmo se deslizó hasta la hoja y una vez ahí tomó el agua con rápidos lengüetazos. Después retrocedió al hueco en el árbol.

—Puf. Ya veo que esto no será fácil. Pero créeme, no pienso hacerte daño.

Urkin empezó a cantar en voz baja, como hacía para sus primos a la hora de la siesta. El lobezno luchó por mantener los ojos abiertos, pero debía de estar cansado y se durmió al cabo de un rato. Urkin guardó silencio. Mientras esperaba le dio hambre, así que comió las bayas en su bolsita pensando que a la vuelta tendría que recoger más. Nadie apareció en todo ese lapso. Si el lobezno tenía familia, se hallaba fuera de su alcance.

El cachorro despertó hacia el atardecer. Quizás había pensado que su madre estaría ahí cuando abriera los ojos, porque miró en derredor y luego bajó la cabeza en un gesto de desilusión. Urkin sintió pena por él.

—Escucha, ya debo irme. ¿Quieres venir conmigo? Vamos, sígueme. —El cachorro no se movió—. Está bien, no me sigas. Pero yo volveré mañana, y si aún estás aquí, te traeré algo de comer. Adiós.

Al tiempo que decía todo esto, Urkin bajó de la roca y se alejó muy despacio del árbol. No quería dejar ahí al cachorro, pero el animalito tenía que decidir por sí mismo si aceptaba o no la invitación.

Urkin siguió caminando, le dio la espalda al árbol... y entonces escuchó pasos detrás de él. El nanok sonrió de alivio. Allí estaba el lobezno, con la cola entre sus patitas pero siguiéndolo por su propia voluntad.

—Bien hecho. Yo me encargaré de ti, pequeño.

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